De los falsos profetas hacia un nuevo modelo

“Las cosas no ocurren por casualidad”

De crear valor para el accionista a reducir costes
  • “Estados Unidos y Europa responden a la crisis financiera de forma diferente”.
  • “Mientras que los mercados bursátiles registran récords a la baja, todos los grandes países buscan soluciones para reformar el funcionamiento del capitalismo. Si las iniciativas son numerosas, la coordinación mundial es difícil”.
  • “ La empresa “X” suprimirá 29.000 empleos en dieciocho meses”.
  • “A la fuerza de subcontratar, la empresa ha perdido su conocimiento del negocio”.
  • “Empresarios, sindicalistas, políticos y expertos exploran numerosos caminos de reflexión”.
  • “El primer impulso no debe venir de los Estados”.
  • “Debemos reafirmar nuestros valores europeos”.

¿Te suenan estos titulares periodísticos? Son de actualidad. Sin embargo, se publicaron en octubre del 2002, en la sección de “Empresas-Capitalismo” del diario Le Monde.

Han pasado casi 14 años desde entonces. Estos titulares se han repetido muy habitualmente desde el 2008. Por lo tanto, cuando un problema persiste durante tanto tiempo, es evidente que las medidas que se han tomado no han surtido ningún efecto. Antes al contrario, las desigualdades sociales y en el reparto de la riqueza no han hecho más que aumentar. No hay más que ver uno de los últimos informes de Intermon Oxfam.

Algunos datos

Desde luego que el sector público tiene mucha responsabilidad en lo que está ocurriendo. Pero el que realmente nos interesa, que es el mundo de la empresa, no es (ni puede ser) ajeno a esta situación. Tiene un papel protagonista en el desastre que estamos sufriendo. Vamos a verlo con un ejemplo.

En 1989 tuve mi primer empleo. Trabajé como peón de almacén en una fábrica de cervezas. Me pagaron 116.000 pesetas (697,17 €).

En 1995, tras acabar mis estudios de Ciencias Económicas y Empresariales, con dos especialidades (Dirección Financiera y Dirección Comercial), con un Máster en Gestión de Calidad y habiendo estado un año de prácticas, conseguí un puesto de trabajo para llevar el departamento de Calidad de una pyme. Mi sueldo: 120.000 pesetas (721,21 €).

Hoy, en el 2016, un licenciado universitario que cobre 600 € en su primer trabajo es muy afortunado. Abundan becarios con más de 30 años sin apenas remuneración.

El coste de la vida (IPC) ha subido un 118,3% desde julio de 1989.

La tasa de paro rondaba el 12% en 1989 (y 30% para los menores de 25 años).

En 1994, esa tasa era del 18% y 40% respectivamente.

A finales del 2007 era inferior al 8%.

En diciembre del 2015, la tasa de paro superaba el 20% (y el juvenil el 43%).

Es decir, hoy estamos peor que hace 20 años.

Durante todo este tiempo ha habido varias reformas laborales que han consistido, fundamentalmente, en abaratar y facilitar los despidos. A la vista está que esta receta es equivocada.

Un modelo agotado

Todo lo anterior podría ser válido si las empresas estuvieran ganando competitividad y obteniendo, por lo tanto, unos beneficios recurrentes por la realización de su actividad. La realidad indica, sin embargo, que las cosas no son así.

La empresa española, en general, no es competitiva. Es raro ver que alguna figure entre los puestos punteros de los numerosos rankings de competitividad mundial que se elaboran. Por supuesto, cuando no se es competitivo, los beneficios no aumentan. Disminuyen. Miles de organizaciones no han sido capaces de sobrevivir a la crisis y han tenido que cerrar.

Durante los años de crecimiento (donde se fueron formando las burbujas inmobiliaria y financiera), los dirigentes de las grandes empresas españolas (falsos líderes de visión cortoplacista) plantearon el reduccionismo en la elaboración de sus mensajes en torno a la visión-misión de la empresa.

El mantra de moda, uniforme, basados en lo superfluo, era el de “crear valor para el accionista”. Como si la valoración bursátil fuera un arte perfectamente manejable por estos “supermanes de la trampa”. Esos dirigentes no renunciaban a reforzar su ego atribuyéndose el mérito de una riqueza que, en la mayoría de los casos, no dejó de ser virtual.

Cuando las burbujas estallaron y las cotizaciones bursátiles cayeron bruscamente, el discurso cambió. El verbo triunfalista y autocomplaciente cedió la primacía a la expresión grave que comprometía la reducción de costes como tarea prioritaria y esencial (el de los demás, no el de ellos, por supuesto).

Como si el manejo óptimo de los costes y de las variables fundamentales (que no son solo los costes) de cada negocio no fuera una responsabilidad permanente ligada al conocimiento profundo de las competencias esenciales de la empresa.

Esa reducción de costes, por supuesto, no afectó a la fastuosidad de los entornos de esos dirigentes, llenos de despachos faraónicos, CNI ad hoc, coches múltiples, escoltas,…, disfrutando, eso sí, de una preocupante impunidad.

Hay salida: un nuevo modelo

Estamos en época de incertidumbre. Estos falsos profetas (jueces-parte, árbitros-jugadores) conducen a las empresas por una pendiente decreciente peligrosa, donde no se vislumbra el cambio radical de tendencia tan necesario.

Sus recetas plantean cualquier cosa menos definir un auténtico Proyecto de Empresa, que fije la visión, la misión y los valores y los principios culturales, donde se establezca que la auténtica misión de una compañía es la de CREAR RIQUEZA SOSTENIDA para:

  • financiar el futuro y remunerar adecuadamente al accionista,
  • conseguir la mejor calidad de vida para sus empleados, conjugando adecuadamente el trinomio salario-formación-participación,
  • dar al cliente un producto competitivo en calidad-precio,
  • contribuir al desarrollo y crecimiento de sus proveedores, y
  • aportar a la sociedad donde desarrolla la empresa su actividad una calidad de vida mayor.

En estos años hemos visto caer grandes compañías que parecían intocables. Otras muchas están pasando por problemas. Un amigo mío me decía hace poco que la mayoría iban a morir porque estaban dirigidas por “viejos y pelotas”, que no se acaban de enterar del nuevo mundo en el que nos movemos.

Sin embargo, yo detecto que hay una nueva hornada de emprendedores-empresarios que vienen con otra mentalidad y que comparten el modelo empresarial que defiendo en este blog. A ellos (nos) corresponde tirar del carro y propiciar un nuevo escenario más próspero y justo.

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